Dialogar significa estar convencido de que el otro tiene algo bueno qué decir; acoger sus puntos de vista y sus propuestas.
Papa Francisco.
Dialogar significa estar convencido de que el otro tiene algo bueno qué decir; acoger sus puntos de vista y sus propuestas.
Papa Francisco.
CARMELO LENGO
No podrá haber castigo para las
Sinvergüenzadas de gobernantes,
Mientras sigan las complicidades:
Pues sirve de tapadera,
El gobernante en funciones,
A fraudes y corrupciones
De aquél que antes lo era.
Para cuando vengan días
En que otro asuma el mando,
A su vez siga tapando
Las actuales raterías.
Las gastadas fórmulas de políticos,
Prometiendo hacer justicia, ya nadie
Las cree; ni siquiera ellos mismos:
“Hasta últimas consecuencias”,
Siempre van a investigar,
Para sólo terminar
En sonoras flatulencias.
También justicia prometen,
“Caiga quien caiga”, afirmando;
Mas terminan engañando,
Pues a nadie a la cárcel meten.
Ministro de Economía da noticia
Tranquilizante: el país no sufrirá
Fluctuaciones; todo seguirá igual:
Es una noticia amable:
Si otros en su economía
Sufren cambios hoy en día,
México se encuentra estable.
Seguirán, pues, opulentos,
Disfrutando su riqueza,
Y hundidos en su pobreza,
Los miserables y hambrientos.
Siempre tenemos la posibilidad
De mostrarnos solidarios con el
Prójimo mediante aportaciones:
Colectas cumplen funciones,
De mostrarse solidario:
Cáritas, el Seminario,
La Cruz Roja o las Misiones.
Sin dinero escatimar,
Hay que demostrar largueza,
Ya dijo la Madre Teresa:
Hasta que duela, hay que dar.
Y aunque no es nada boyante,
Para una gran mayoría,
Actualmente economía
Hay que sacarla adelante.
La Economía, un aparejo excluyente
La Iglesia Universal, en días próximos, reconocerá las virtudes, en grado de Santidad, de dos Sumos Pontífices emblemáticos en la segunda mitad del Siglo XX. Se trata de aludir a la misma Iglesia, en distintos momentos y circunstancias, pero cuya Doctrina advierte siempre puntualmente el desarrollo inequitativo y la problemática que incide en el uso de los bienes.
Hemos construido un mundo vasto en Ciencia y Tecnología, pero escaso en humanismo. Muchas generaciones han sido herederas y constructoras de un planeta desigual porque todas sus decisiones se basan y surgen de criterios puramente económicos. La guerra, y la paz incluso, han dependido de estos factores. La cultura internacional, los criterios de relación, progreso, convivencia, se gestan en reuniones cumbre, donde se calibran o se abortan las decisiones económicas. Ahí están sentadas las 20 grandes Economías del orbe, que son paradigma de la grandeza cósmica.
Esas fuerzas monetarias de naciones y organismos han reemplazado las decisiones de todos: pueblos, empresas, instituciones y familias. Hoy, las poderosas Economías están al servicio solamente de algunos cuantos, los “desarrollados”, que han usurpado la dignidad de la mayoría de las personas y países, enrareciendo el clima para vivir de una manera plena y más justa las aspiraciones colectivas y cotidianas.
De Norte a Sur, de Oriente a Poniente, la vista y el pensamiento chocan con escalofriantes desigualdades socioeconómicas. La Historia reciente se desangra en problemas acuciantes. La danza de los millones va a parar a un embudo de beneficio inequitativo. La grandeza tecnológica en investigaciones de salud, educación, vivienda, alimentación, refleja su contraste en el mapa de la pobreza, el analfabetismo, el hambre, la desnutrición y enfermedades curables que se vuelven incurables para los desheredados y se extienden por doquier.
El Papa Francisco, recién ha señalado que somos administradores y no dueños de los bienes; la congruencia radica en actuar según lo señala el Evangelio: “El administrador fiel y prudente tiene el deber de cuidar todo lo que le ha sido confiado”. Así, los organismos, los países, las personas, también la Iglesia, deben de ser conscientes de que tienen una responsabilidad de “tutelar y gestionar con atención sus propios bienes”. La riqueza tiene que desarrollarse en particular “hacia los necesitados”.
Pero en todas partes se puede contemplar que las decisiones de peso continúan siendo llevadas a término por criterios exclusivamente mercantilistas. ¡Mírense los presupuestos de Gobiernos de todos los niveles! Examínese el gasto corriente, lo destinado a la Educación, los criterios de distribución, la inflación que ostentan las regalías en los contratos y las adjudicaciones.
La Exhortación Evangelii Gaudium -se ha comentado-, no es un Tratado de Economía, pero aborda con claridad el cáncer de la desigualdad en el mundo. En el corazón del Evangelio está el asunto de la pobreza y la justicia en el mundo. En su diagnóstico, el Papa hace apreciaciones en cuestiones económicas, contundentes. Su manera de hablar ha sacudido conciencias y ha despertado simpatías con aquellos que piensan diferente en relación a los excesos del libre mercado. Se abre un cúmulo de iniciativas ante tanta pobreza.
A lo largo del Siglo XX ha habido muchas Encíclicas de índole social; pero lo que ahora dice el Papa Francisco ha tenido una especial repercusión y preocupación en el ánimo de muchos, al reafirmar la misión específica de la Iglesia en este sentido, que contempla e implica “el bien común”, en la perspectiva “del desarrollo integral de la persona”.
Juan López Vergara
El pasaje evangélico que nuestra Madre Iglesia propone para el día de hoy, presenta el conocido encuentro de Jesús con la Samaritana, que nos hace ver una de las transformaciones más hermosas suscitadas por el Señor, cuando aquella mujer, de mala fama, se convirtió en Mensajera del Santo Evangelio (Jn 4, 5-42).
La Salvación viene de los judíos
La escena es de tal riqueza, que nos limitaremos a comentar dos de sus aspectos más relevantes: Jesús se sentía orgulloso de los suyos, de ser integrante del pueblo hebreo. El Evangelista subraya esto cuando relata que Jesús reconvino a la Samaritana: “Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos. Porque la Salvación viene de los judíos” (v. 22). Es la única ocasión en los Evangelios en que vemos a Jesús incluirse en una oración (compárense: Mt 6, 9; Lc 11, 2).
Jesús conoce y aprecia pertenecer al pueblo judío, consagrado a Yahvé, que lo escogió por pura Gracia: “No porque seáis el más numeroso de todos los pueblos, se ha prendado Yahvé de vosotros y os ha elegido, pues sois el menos numeroso de los pueblos; sino por el amor que os tiene” (Dt 7, 7-8).
El Cardenal Martini nos invita a ponderar: “Un atraso que debe pesarnos es el no haber considerado vital nuestra relación con el pueblo hebreo. La Iglesia, cada uno de nosotros, nuestras comunidades, no pueden entenderse ni definirse sino en relación con las raíces santas de nuestra Fe y, por tanto, con el significado del pueblo hebreo en la Historia, con su Misión y con su llamada permanente” (Un Pueblo en camino, Paulinas, Bogota 1986, Pág. 76).
El Señor siempre nos da una oportunidad
Un segundo aspecto es la forma respetuosísima en que Jesús se relaciona con la mujer, superando los esquemas de su tiempo, al extremo de que sus seguidores se extrañaron: “En esto, llegaron sus discípulos y se sorprendieron de que estuviera conversando con una mujer; sin embargo, ninguno le dijo: ‘¿Qué le preguntas o de qué hablas con ella?’” (v. 27). Los discípulos no se animaron a decirle algo. Jesús adopta una postura exenta de prejuicio respecto a la mujer, que para Él posee el mismo valor y dignidad que el varón.
Según el relato del Evangelista San Juan, Cristo propició que la Samaritana se convirtiera en alguien que jamás hubiera imaginado: la primera Mensajera de la Buena Nueva, ya que “muchos samaritanos de aquel poblado creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer” (v. 39).
El Señor siempre nos da una oportunidad, porque sabe mirar al corazón.
Mirémonos en el espejo
del Señor Jesús
Los invitamos, a partir de esta reflexión del Evangelio, a mirarnos en el espejo del Señor Jesús, contemplando cómo vivió Él. ¿Valoramos realmente las raíces judías de nuestra Fe, tal como nos enseña el Salvador? En el caso de los varones: ¿Tratamos a la mujer en la Sociedad, en nuestras familias, en la Iglesia, con el mismo respeto mostrado por Él?
Jean L’Hour
CUADERNOS BÍBLICOS 116
GÉNESIS 1-11
Los pasos de la Humanidad sobre la Tierra
Editorial Verbo Divino.
Estella, 2013
¿Quién no conoce a Adán y Eva, Caín y Abel, Noé, el
Jardín del Edén, el Diluvio y la Torre de Babel?
El comienzo de la Biblia ofrece relatos surgidos de tradiciones diferentes.
Ponen en escena al Dios de Israel y a la Humanidad en lucha con la Naturaleza y la Civilización, el Mal y la
Libertad. ¿Cuándo se
escribieron? ¿Qué
relaciones mantuvieron con los mitos de Mesopotamia? ¿Cuál es su teología? ¿Y su actualidad? A estas
preguntas, y a otras,
pretende responder este Cuaderno.
Disponible en LIBRERÍA VERBUM. Av. Conchita 4556,
Colonia Lomas de la Victoria.
Tels. 3144 3322 y 3144 3073. evdgdl@prodigy.net.mx
P. Joaquín Bodego Martínez, S.V.D.
QUERIDA LUPITA:
Me confunde la idea de que tenemos qué hacer sacrificios en la Cuaresma. En todas partes veo que debemos dar limosna y orar, pero también que es necesario sufrir, ofrecer padecimientos, provocarnos dolores, ayunar y todo eso. ¿Por qué el Cristianismo parece una invitación a que nos hagamos daño a nosotros mismos? No puedo estar de acuerdo con eso. ¿Existe alguna explicación?
Ofelia
HERMANA EN CRISTO, OFELIA:Las tres prácticas penitenciales de la Cuaresma son: oración, limosna y ayuno. Las tres son actividades que nos perfeccionan. La primera nos lleva a mejorar nuestra relación con Dios; la segunda, con los demás, y la tercera, con nosotros mismos.
-La oración es un dialogo íntimo con Dios. Él siempre nos mira benignamente y nos deja conocer nuestras fortalezas y debilidades con objetividad. Mantener una comunicación con Él, nos hace mejorar como seres humanos y nos convierte en personas que reconocen su Amor y desean corresponderle también con amor.
-La limosna nos lleva a practicar el encuentro con nuestros prójimos más necesitados, haciendo así la Voluntad de nuestro Creador, que nos da bienes para administrarlos y compartirlos, no para acapararlos de forma negligente y egoísta.
-El ayuno implica un esfuerzo de renuncia voluntaria a lo que nos complace, para elegir lo que nos dignifica. Es ley natural, y por tanto irrompible, que lo que más vale, más cuesta. Dirigirnos a la cima requiere entrenamiento y fatiga. Bajar, lo hace cualquiera. Subir, sólo quien lucha. Aquél que desee ganar en los Juegos Olímpicos, por ejemplo, deberá renunciar a una vida disipada o perezosa para llevar adelante una disciplina diligente. Si quieres tener un buen nivel de vida, deberás estudiar y prepararte…
El entrenamiento que obtiene el alma que sabe renunciar a lo cómodo y placentero, es camino certero hacia el éxito. No hay victoria sin sacrificio. Dios nos quiere victoriosos, y la Iglesia, sabia milenaria en el conocimiento de la naturaleza humana, recomienda aquello que nos perfecciona. Este ejercicio nos fortalece para hacer frente a las pasiones y las tendencias de la carne.
Cristo no vino a eliminar el dolor, sino a darle un sentido redentor. Nosotros nos convertimos en corredentores cuando ofrecemos los sufrimientos que nos toca enfrentar y aquellos que libremente elegimos para hacernos semejantes a Cristo.
En la Carta Apostólica de Juan Pablo II, Salvifici Doloris, leemos:
“El amor es la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Esta pregunta ha sido dada por Dios al hombre en la Cruz de Jesucristo. El hombre que sufre, no sólo es útil para los demás, sino que realiza un servicio insustituible. El sufrimiento es el mediador y autor de los bienes indispensables para la salvación del mundo. El sufrimiento, más que cualquier otra cosa, es el que abre el camino a la Gracia, que transforma las almas. Los que participan en los sufrimientos de Cristo, conservan en ellos una especialísima partícula del tesoro infinito de la Redención del mundo y pueden compartir este tesoro con los demás. Y la Iglesia siente la necesidad de recurrir al valor de los sufrimientos humanos para la salvación del mundo”.
El dolor y el sufrimiento entraron a nuestra vida por nuestros propios pecados. El sacrificio, el hacer sagrados nuestros actos, nos hace virtuosos; y éste es, sin duda, el camino seguro a la plena felicidad.